Éramos las que se resistían a quedarse un sábado en casa en verano, invierno o otoño. Y si los domingos te aburrías, te acomodabas en mi sofá y hacíamos los deberes. Quizá el deber pendiente más importante era descubrir hasta qué punto podíamos llegar a conocernos, cuál era la barrera que nos quedaba por tirar para prescindir de las palabras, más allá de ir y volver del colegio juntas, intercambiarnos la ropa, o dormir en la habitación del fondo porque Margarita siempre fue la más permisiva.
Me invitaste a compartir las experiencias más serias, quizás porque ya las había vivido o porque habías descubierto que podía pasarme un buen rato haciéndote cosquillas y tú a cambio me peinarías.
Mientras, sin notarlo, sonaría Alex Ubago o Robbie Williams.
Me enseñaste a Federico (que se ha convertido en nuestro segundo padre y antes de Freud). La historia de Niki y Alex resultaba lo menos conocida y te hacía desarrolar esa imaginación imparable.
En cualquier caso, si te sorprendía cualquier tormenta yo siempre tendría un secador y un peine para que aparentaras un poco de normalidad al cruzar la acera.
Aprendiste que no sabía mentir, aún no diciendo nada y limitándome a asentir con la cabeza mientras tú te explicabas.
Yo en cambio aprendí de tu capacidad para disfrutar cada momento al máximo, sin importar lo que nos rodea. Pero puedes estar tranquila que te seguiré dejando gritar a ti a los posibles horizontes que se paren a sacar el ticket del parking en tu portal.
Que iba en contra de tus principios, que nos ha llevado a convertirnos en dos futuras artistas.
Debajo del simple hecho de escribir, de pasarnos días retocando la misma frase, de buscar un título hasta la una de la mañana, de solucionar problemas técnicos con sabgrías y tipos de letras o después de dibujar portadas y contraportadas, muy por debajo y casi escondido, me enseñaste a ser fuerte.
A situarnos a la altura de las circunstancias, incluso cuando son muy bajas. A aprender de los errores para volver a cometerlos un millón y medio de veces, porque nos siguen gustando. A asumir la realidad y soñar con un futuro marcado por el destino. A volvernos locas perdidas hasta el punto de pensar en solicitar ayuda.
¿Pero sabes qué? No hay mejor ayuda que la de una persona que te entiende, o por lo menos lo intenta. Que puede llegar y perder una tarde más porque tú lo necesitas. Que te manda privados con las conversaciones importantes, que se pasa por tu casa cuando no tiene nada mejor que hacer, que tira todo lo que encuentra y más en una tienda de ropa, que te necesita para una sesión de fotos, que pasa noches de sus cumpleaños en un banco y no precisamente llorando de alegría, que habla en inglés baby, que cierra los ojos constantemente, que se ríe con un pitido que te atornilla la cabeza, que siempre lleva un libro en el bolso como "Morir joven" por si se aburre, que no hace nada al cuadrado pero puede con todo, que le gusta hacer las cosas por ella, no por los demás.
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